Artemio

April 30, 2018

 

(Scroll down to read it in Spanish)

 

In the current political climate, with Europe slowly embracing a xenophobic rhetoric that was thought banished in the previous century and the United States having for president a person who encourages hating the different one tweet at a time, Artemio turns out to be specially relevant. The documentary follows Cocco Zarate, a Mexican woman who was deported from the USA back to her home country, and her son Artemio, born and raised in Salt Lake City, who decided to go back to Mexico with her temporarily.

 

When Mexican anthropologist and film-maker Sandra Luz Barroso decided to make a documentary about the Zarate family’s situation for her thesis in Centro de Capacitación Cinematogáfica—  a film school belonging to Mexico's National Council for Culture and Arts — she intended for it to be about Artemio’s impeding farewell to his mother and his trip back to the United States. She thought she would use his story to raise awareness about the thousands of minors who, due to deportations, must travel completely alone, many times putting themselves at risk. However, fate decided to change her plans radically when, to everyone’s surprise, the boy decided not to go back to Utah, but to stay with his mother in Costa Chica, a small community in the Mexican state of Guerrero. His plane ticket was already purchased, he had finished packing and the rest of his family waiting for him in Utah, but he decided to stay. That impulsive change of heart made the documentary take a completely new turn, and forced Barroso to address topics such as deportation, mother-son relationships and adaptation to a new home with a deeper perspective; always through the innocent and judgement-free eyes of a child.

 

Artemio is of Mexican descent, yet he has never lived in Mexico before. He is a fish out of water in what should be, ironically, an open ocean for him. The only contact he has with the world he decided to left behind is a telephone, a telephone by whose side he patiently waits every day for his family in Utah— specially, his sister — to answer his calls. The film also explores, with honest tenderness, the dynamics in the relationship between Artemio and Cocco, the contrast between mother and child, between the Mexican immigrant and the Utah boy, who nevertheless manage to build a common world for themselves through love. A love that is present and explicit through the whole documentary in the way mother and son play together, the way she kindly explains Mexican traditions to him, in the insistent refusal of Artemio to go back to his family and leave Cocco in Mexico, thousands of kilometres away from him.

 

And it is this loving mother-child bond that makes it possible for Artemio to exists, as without it, the boy would have never had the courage to take step that all deported people around the world take every day: The step to build a new life in a homeland that does not feel like home, one phone call away from everything they know.

 

 

SPANISH

 

 

En el clima político global en el que vivimos actualmente, con una Europa que vuelve poco a poco a la xenofobia que creyó desterrar el siglo pasado y el presidente de los Estados Unidos promoviendo el odio a lo diferente a golpe de tweet, Artemio resulta una cinta especialmente relevante.  El documental tiene como protagonistas a Cocco Zarate, deportada de los Estados Unidos a México, y su hijo Artemio, nacido y crecido en Salt Lake City, quien decidió acompañarla temporalmente.

 

Cuando la antropóloga y realizadora mexicana Sandra Luz Barroso decidió grabar un documental sobre la situación de la familia Zarate para su tesis de titulación en el Centro de Capacitación Cinematográfica de México, creía que éste trataría sobre la eventual despedida de Artemio y su viaje de vuelta al país que había decidido expulsar a su madre. Pensaba grabar y denunciar la situación de miles de menores que, a causa de las deportaciones, deben realizar viajes completamente solos, muchas veces en situaciones de riesgo. Sin embargo, el destino decidió descartar radicalmente su idea cuando, para sorpresa de todos, el niño decidió que no regresaría a Estados Unidos, si no que se quedaría con su madre en la Costa Chica, una comunidad del estado de Guerrero. Tenía el billete comprado, las maletas hechas y una familia que le esperaba en Utah, pero decidió quedarse en México. Aquel acto impulsivo de Artemio cambió por completamente la dirección del documental y obligó a Barroso a tratar de forma más profunda las temáticas de los deportados, las relaciones madre e hijo y la adaptación a una tierra extraña; todo siempre desde la mirada inocente y libre de juicios de un niño.

 

Artemio es un descendiente de mexicanos que vive por primera vez en México, un pez que a pesar de encontrarse en la que debiera ser su agua, no sabe aún cómo nadar en ella.  El único contacto con el mundo que ha decidido dejar atrás es un teléfono, ante el que espera pacientemente varias veces al día mientras sus pitidos cruzan el océano para conectarle con su familia, especialmente, con su hermana mayor. La obra también explora de forma tierna la dinámica entre Artemio y Cocco, los contrastes entre madre e hijo, entre la inmigrante de Guerrero y el niño de Utah, quienes a pesar de todo consiguen establecer un hogar, un mundo común a través del amor. Un amor que queda patente a lo largo de su casi una hora de metraje, en los juegos entre Cocco y Artemio, en la forma cariñosa en la que ella le explica tradiciones mexicanas al niño, en la negativa reiterada del niño de volver con el resto de su familia y abandonar a Cocco en México, a miles de kilómetros de él.

 

Y es este vínculo maternofilial el que hace posible la existencia de la versión del documental que finalmente realizó Barroso, pues sin él, Artemio no habría tenido el valor suficiente para dar el paso que deben afrontar cada día todos los deportados del mundo: atreverse a construir una nueva vida en una patria que ya no es patria, a una llamada telefónica de todo lo conocido.

 

 

 

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